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29/06/2021

Patricix

ORGULLO E.T.

Publicada el 29 de agosto de 2021

Este artículo fue escrito en el marco de Memorias Sinvergüenzas: Archivos disidentes de la Ciudad de Azul, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

«No queremos ser más esta humanidad». Esas son las palabras que utiliza la mostra Susy Shock para referirse a la condición de seres que existen, se levantan de la cama, salen a la calle, trabajan muchas horas, pagan cuentas en continuo incremento, se emborrachan con lo que alcance, se endeudan, prenden fuego unos cuantos pulmones esenciales para la Tierra y mueren. Les estará recorriendo por la nuca el hilo de rabia que grita «somos mucho más que eso». Somos el abrazo entre amigxs después de mucho tiempo sin vernos, somos lxs niñxs que se divierten trepando el árbol de una plaza, somos la fiesta, sin dudas, sí. Pero si al cóctel tributario de la vida le sumamos la fascinación por complacer, señalar, dios, deber ser, aparentar y merecer, el ser queda muy lejos de materializarse y lo que más bien sucede es que se está estando porque le dijeron a una que así era ser (bela, recatada y do lar) y que por eso hay que sentirse orgullosa; spoiler alert, humanxs, están siendo engañadxs. La meritocracia es una trampa y los límites no son los colores sino los ojos que los perciben. Y todo esto sí debería dar rabia.

«¿De qué se sienten orgullosos?» «¿Qué celebran así desnudos?» «¿Por qué no hay día del orgullo heterosexual?» #NiUnaPersonaMenos. Ni mi riprisintin. A la catarata de apropiaciones y falta de lógica en la historicidad y devenires de las performatividades que están asumiendo muchxs humanxs, el siempre extraterrestre Carlos Jauregui nos iluminó al decir: «En una sociedad en las que nos crían para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política».

Pero a mí lo que me está dando cringe es la humanidad, humanxs. Mueren pibas, se incendian las selvas, se queman los paisajes, crece la deuda pública, se lleva el alambrado hasta el mismísimo arroyo cortándonos el paso. Parecería no tener mucho que ver con quién se acuesta una persona o con què identidad de género habita. Pues no, mis humanxs: todo en el cosmos está conectado. Lo LGBTTTIQPNB+, esas letras que se irán prolongando hasta el infinito para que solo reste el ser, son fuerzas monstruosas que se escapan de las lógicas humanas, son formas de compartir el pan sin terminar muerta en la cruz ni que sea la última cena, puntos de fuga hacia una vía láctea de tantísimos colores que, posiblemente, no haya vida para nombrarlos todxs, o simplemente anden así sin más, siendo, sin nombres.

Hay que decirlo. A la alegría, melancolía. A los duelos, tristeza. A los hombres, trabajo. A las mujeres, dolor. No solo hemos vivido rehenes de lógicas binarias que no nos contienen (mucho menos abrazan) como la idea de humano vs. todo lo otro que lo rodea. Sino también la moralización de esas performatividades y significados; un conjunto de prácticas, razonamientos esquematizados y privaciones de la libertad que han hecho de las construcciones tristes del binarismo una burda asimilación de lo que está bien. Lo que está blanco, lo que está rico, lo que está hetero, lo que está cisgénero, occidental, merecido, bien sufrido, a lo más arrojado frente al tiro porque siempre hay que poner el otro cachete. Como si el impulso de correrse de la bala que viene en nuestra dirección fuera un acto de sobrevivir o dar la vida, cuando en realidad no tenemos más ganas de masticar plomo. Hay mucho más que el bien y el mal, las tensiones sobre los conceptos son polisémicas, desprenden múltiples insurrecciones, entre ellas, la de un orgullo que los heterosexuales jamás han tenido que dar como respuesta porque no les han dicho que por el simple hecho de ser debían sentir vergüenza. Ni tampoco han tenido que sentir que la humanidad, como se habita, es una amenaza.

Pero he aquí el problema que a usted y a mí nos hacen tensionar «lo humano», humanx: no estamos solos ni siendo, esta humanidad está estando y dormida. Y por eso el orgullo también se tensiona.

Mi orgullo es un objeto volador no identificado que persigue las líneas vectoriales de lo marica, de lo torta, de lo trava, de lo trans, de todo eso que impulsa otras fuerzas y, por tanto, otras lógicas: como vestir sin que importe el género, como expresarse sin importar la edad, bailar en la calle aunque todxs estén viendo, dar un beso para el asco de una humanidad colonizada por sí misma, cuestionar y complejizar aunque la humanidad prefiera reducir a dos formas o a la gracia de lo divino.

La humanidad está que arde. Lo humano como conocemos se ha agotado y no convoca porque se ha vuelto parte de la escala piramidal en la que algunxs sostienen la bandeja llena de mierda mientras que otrxs se paran encima y cagan desde arriba; y esa cara llevan, de cagar parados. Y nuestro orgullo también entrevera esas relaciones de poder, las cuestiona. Y tal vez nuestro orgullo sea extraterrestre, tal vez no es humano y por eso: ya «no queremos ser más esta humanidad».

Escribo estas líneas imaginando que soy de color verde y piel pegajosa o que Chiche Gelblung estará filmando mi disección sobre una mesa de metal plateado, pero no. Soy de carne y hueso y más presa de la moral humana de lo que quisiera. He visto a muchas de las que viajan en mi nave apelar a la humanidad de cada quién a través de la historia y ha sido un fracaso. Lo hicieron Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson en junio de 1969 en Stonewall cuando uniformados las golpeaban por ser, y ellas resistían a piedra y comunidad. Ese mismo año, el hombre se enorgullecía por llegar a la luna, pero ellas estaban más allá.

Por eso no dudo que venimos de las estrellas. Este comunicado es el primero de muchos. Estarán recibiendo noticias de nuestro cardumen interplanetario, terrícolas; de sus multiversos que escapan a los tiempos lineales y a las buenas costumbres. Nos contamos entre nosotras porque la humanidad siempre nos ha quedado debiendo y nuestros mitos de supervivencias entre tanta hostilidad merecen ser escuchados. Por eso tampoco dudo de que nuestras hermanas caídas y referentas son criaturas que, como luciérnagas, alumbran en lo oscuro, ni de que traerlas, nombrarlas y escucharlas es hacer de la memoria un ejercicio que no sea exclusivo de la humanidad heterosexual y normada. No dudo que somos un sinfín de memorias sinvergüenzas que tiran por la borda lo aprendidamente humano. Y que lo alienígena que fue bullying en las horas de educación física, hoy es la potencia que nos vectoriza a otros imaginarios, a otros mundos.

Pienso, mis humanxs, sin dudar, que ha llegado la hora de albergar a lo monstruosamente cuir de los cosmos que somos y poder ser(es) más felices, ser(es) menos culposos. Y, quién dice entonces, ser(es) menos humanos.